Kapuscinski pregunta
Kapuscinski pregunta
Alberto Bello
25 de enero de 2007
Lo único frustrante de sentarse a platicar con Ryszard Kapuscinski era que él no hablaba mucho. Prefería escuchar.
"¿Cómo escribo sobre el dolor de la guerra?", le preguntó un periodista colombiano en el taller que organizó en la ciudad de México en 2001 la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano. La respuesta del autor de El Sha comenzó por invitarnos a los demás a opinar. Horas. Luego se lanzó: "Es un tema difícil, depende de la sensibilidad del reportero".
Recordó la violencia en la Biblia o en su querido Herodoto, y tras reflexionar sobre el contexto y la realidad del lector, remató en su español preciso: "Todo depende de si nuestro propósito es humano". Sabía que una foto puede cambiar la opinión pública y detener una matanza; que el nombre y apellidos de un asesinado vale más que todas las estadísticas. "Nadie puede imaginar 25 millones de muertos. Los muertos no son cifras, son nombres".
La muerte se lo llevó anteayer a los 74 años y lo convirtió en noticia. A él, tan enemigo del protagonismo, quizá no le habría gustado. "Fue tal vez el último de los periodistas misioneros", dice el editor peruano Julio Villanueva Chang.
Había cubierto decenas de revoluciones y guerras en África, América Latina y Europa para la agencia nacional de noticias polaca, y escribió libros memorables, exquisitamente documentados. "Escribimos con 5% de lo que sabemos", decía.
Cuando pienso en él veo una escena: Kapu platica con el señor de los "toques" del Tenampa, la cantina de la plaza Garibaldi, interesado por la costumbre insólita de compartir una descarga eléctrica hasta que alguien se raje.
A los 69 años que tenía entonces, estaba dispuesto a meterse en cualquier tugurio y rincón, a aprender cualquier cosa, a recibir a cualquiera de nosotros en su hotel.
No parecían gustarle los reflectores, pero cada vez que tuvo uno delante fue para reiterar que este oficio no es para cínicos. Para lamentar la despersonalización del periodismo y la pérdida de la responsabilidad del reportero en la gran organización. Abominaba hasta de las grabadoras que hoy todos exigimos en las redacciones, porque convertían una entrevista en algo artificial. En castigo por mi traición al periodismo artesanal, imagino, las dos grabadoras que llevé a su taller no registraron una sola palabra, algo que todavía no me he perdonado (e imagino que los responsables de la FNPI, que me habían encargado una relatoría del taller, tampoco).
Este año entró al listado de los candidatos al Nobel. Como en los cuentos de Chéjov, Kapu el cronista nos enseña la calle, los vendedores, los niños, las víctimas. El artesonado medieval con que vistió la corte de Haile Selassie fue un hito del periodismo narrativo y un disgusto para los censores polacos. La técnica de collage con que armó El Sha fue mil veces imitada.
Pese a que "no le gustaba tirar netas, sino preguntar", como dice la periodista Alejandra Xanic, nos dejó la visión del periodista humanista: "Hay que estudiar, y hay que tomar la voz civil, la voz de la calle"; El periodista amigo: "es un oficio en que todo depende de los otros".
Gabriel García Márquez entró a nuestro taller de hace casi seis años para conocerlo. "Ojalá hubiera leído El Emperador antes de escribir El Otoño del Patriarca", dijo. Kapu movió su silla a un lado, tímido, y dejó hablar al Nobel, callado. Nosotros lo mirábamos a él. Periodista movió su silla a un lado, tímido, y dejó hablar al Nobel, callado.
Nosotros lo mirábamos a él.
